Crónica de una misión personal y el despojo de un hombre solo.
Autor: Raúl Enrique Bibiano
I. Preámbulo
Mi llegada a Boa Vista, en el entonces Territorio Federal de Roraima, no fue el resultado de un azar geográfico, sino de un mandato interior que me obligó a atravesar el Brasil de punta a punta. Había cruzado un continente entero, desde el sur hasta el extremo norte, impulsado por un proyecto que muchos habrían tachado de delirio.
Para financiar aquel impulso de fe, me vi obligado a despojarme de mis últimos restos de vanidad material: mi máquina de fotos y mi reloj Omega de oro de 18 quilates pasaron a manos de terceros por una fracción de su valor. Ese sacrificio fue mi única moneda para pagar el pan magro y los traslados que me alejaban de lo conocido. Mi alimentación era paupérrima y mi cuerpo sentía el rigor del ayuno forzado, pero mi determinación permanecía intacta.
II. El impacto
Llegué a una ciudad en efervescencia, un territorio que parecía devastado por oportunistas, pero que resistía bajo la guía de Dom Aldo Mongiano, una autoridad eclesiástica firme y comprometida con los pueblos indígenas. Mi propósito se centró en un lugar que el tiempo, el descuido y un profundo desorden administrativo eclesiástico habían borrado del mapa espiritual de la ciudad: una antigua capilla dedicada a São Vicente de Paulo en la que ya no se oficiaba.
Al ingresar por primera vez, el impacto fue total y desgarrador. El edificio ya no pertenecía a los hombres: la maleza se había adueñado de la estructura desde el exterior y el piso de cemento estaba sepultado bajo una capa gruesa, oscura y nauseabunda de materia orgánica viva. No era un guano seco y antiguo; era una pasta densa, viscosa y ácida, producto de las deposiciones constantes de cientos de murciélagos que se alimentaban de los frutos abundantes en esa región amazónica. Aquella mezcla de pulpa de fruta fermentada y excremento fresco generaba un vapor que quemaba los pulmones y un lodo que se adhería a las botas como si tuviera vida propia. Era el retrato vivo del olvido absoluto.
III. La soledad
Entendiendo que un templo no está hecho solo de ladrillos, mi primera acción fue buscar aliados en la comunidad. Traté de entablar un diálogo con los vecinos, pero me topé con una realidad humana tan dura como aquel lodo: la gente era esquiva e indiferente. Lejos de sumarse, me observaban desde sus casas con una sospecha helada, como a un loco o a un impostor que pretendía lo imposible.
Ante esa apatía y la falta total de recursos oficiales, no retrocedí. Con mis últimos fondos, compré un gran escobillón de paja dura y me dispuse a enfrentar la tarea en la más absoluta soledad. Pasé jornadas enteras encorvado sobre ese suelo, hundiendo las cerdas en aquella masa viscosa que parecía regenerarse con cada caída del sol. Era una lucha de Sísifo: mientras yo intentaba ganar un metro de cemento, los animales que habitaban los recovecos de la inmensa techumbre continuaban su ciclo biológico, indiferentes a mi esfuerzo. El sudor se mezclaba con el polvo y el olor ácido, pero cada escobillazo era un acto de fe contra el abandono; el inicio de un rescate que comenzó con un hombre solo y la firme voluntad de cumplir una promesa.
IV. El encuentro
Fue en medio de aquella limpieza titánica, mientras enfrentaba un enorme sufrimiento físico y me encontraba cubierto por aquella suciedad orgánica, que apareció el vicario para pedirme explicaciones. El Padre Giorgio Dal Ben, vicario general de la Catedral Cristo Rei y mano derecha del obispo, se presentó casi al atardecer, movido por los rumores de un extranjero que operaba en las sombras de la capilla abandonada. Su mirada era inquisidora; en aquel Roraima de los años 80, la Iglesia vivía bajo la paranoia de sectas pseudocristianas como los "Niños de Dios" del profeta Mo, que buscaban infiltrarse en espacios vacíos para sus propios fines.
— "¿Y vos, quién sos?", me interrogó con severidad. "Dicen que venís de muy lejos con la intención de rescatar este lugar".
Consciente de la gravedad del momento, le respondí con la vehemencia de quien sabe que su causa es justa:
— "Mi nombre es Raúl Enrique Bibiano. No vine para llevarme nada, excepto el abandono que impide a los vecinos ser recibidos en la Casa de Dios para alimentar sus almas".
En ese momento crítico, exhibí mi identificación de detective privado. Aquel documento fue el salvoconducto que les devolvió la paz. Comprendieron que no era un infiltrado de una secta, sino un hombre de paz con una misión insobornable. Veinte minutos después, el vicario regresó con una instrucción directa de Dom Aldo Mongiano: pagar mis gastos de hotel y trasladarme a la residencia episcopal para reunirme con Dom Aldo,
V. El asedio
En nuestras charlas posteriores, el Padre Giorgio me reveló algunas de sus aflicciones tremendas, que eran el pan de cada día: el continuo asedio que sufrían. Me relató situaciones que iban desde simples amenazas hasta la violencia emocional por parte de algunos poderosos latifundistas, completamente opuestos a la defensa de los indígenas tan protegidos por los misioneros de la Consolata allí en Roraima. Un sufrimiento al que se sumaba la presencia de la ya mencionada secta de los Niños de Dios.
VI. El encuentro con dom Aldo obispo de Roraima
Esa misma noche, fui recibido en el salón de la residencia episcopal por Dom Aldo. La cena se desarrolló con la calidez de un familiar, pero bajo la mirada de un obispo que parecía leer el alma. Les advertí que permitir que la Capilla de São Vicente fuera un edificio olvidado era una invitación para que los lobos se adueñaran del espacio. Dom Aldo me preguntó si era o había sido seminarista; le respondí que simplemente estaba en el camino de encontrar respuestas de Dios.
Fue entonces cuando le relaté mi milagro en Fortaleza: años atrás, Dios me había permitido la proeza de caminar cuatro kilómetros con una cuchilla clavada en el tórax hasta alcanzar un hospital para ser salvado por Su Misericordia. Recuerdo cada paso de aquella distancia infinita, sosteniendo el acero en mi pecho y la vida por un hilo de fe, hasta que fui rescatado de la muerte por la Gracia Divina.
Tras escucharme, él concluyó con sabiduría: "Los caminos del Señor suelen estar llenos de misterios que no todos llegamos a comprender". Al día siguiente, bajo la protección de aquellos hombres de fe y con la ayuda de colaboradores que finalmente se sumaron para la expulsión definitiva de los murciélagos y la remoción total de los escombros, la capilla inició su camino de recuperación.
VII. Epílogo
En mayo de 1983, habiendo cumplido mi promesa, partí hacia Belém, en el estado de Pará. Allí me sumé como voluntario a la campaña de vacunación contra la poliomielitis infantil de la Secretaría de Salud Pública; un servicio certificado por la SESPA que todavía hoy atesoro con orgullo.
Han pasado las décadas y hoy me encuentro con una realidad que
parece de otro mundo. Leo los registros actuales de la Diócesis de
Roraima y veo que mi vieja capilla de São Vicente de Paulo es ahora
un "patrimonio histórico", un "monumento" con
reformas y ampliaciones que el barrio celebra cada septiembre. Me
entero de que su trayectoria se remonta a 1927 y que es un "punto
de referencia" de la fe en Boa Vista.Me causa una sonrisa amarga ver esas fotos prolijas en Instagram. Porque detrás de ese patrimonio que hoy todos aplauden, está la verdad que yo viví: el olvido, el ácido y la desolación. Antes de ser un monumento, esa capilla fue un cadáver entregado a las fieras y a la indiferencia, y yo fui el único que se hundió en su guano para devolverle la dignidad.
Comprendo hoy que aquellos esfuerzos no fueron en vano; fueron los cimientos de mi propio crecimiento espiritual. Esa ascesis del despojo —mi reloj de oro, mi cámara, mi ayuno y mi escobillón— preparó mi alma para lo que vendría después.
En 2020, el mismo año en que Dom Aldo partió a la eternidad, mi búsqueda encontró su puerto definitivo. Convertirme a la ortodoxia bajo el Patriarcado de Serbia, aquí en Buenos Aires, fue reconocer que el camino de la verdad se había gestado en aquella soledad de Roraima. Hoy sigo siendo tan pobre y despojado como en mis días en el norte de Brasil, pero con la riqueza de haber comprendido que mi verdadera misión fue siempre la búsqueda de la Verdad Ortodoxa, una fe que no se apaga con el tiempo ni con el olvido de los hombres.
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